Lunes, 23 Junio 2008Posted by kuroneko

Una Historia

Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana… Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y vení­an por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña (la más amiga mía) chocó contra mí­ dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto de su cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí­; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo:

“Drake, no me pongas nerviosa. ¿No ves que nos vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?” Pero no me tocó ni me miró. Yo, para no molestar, me fui a un rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mí­ me ilusionaba el viaje. Les habí­a oí­do hablar dí­as y dí­as del mar y de la montaña. No sabí­a con certeza qué habí­an elegido; pero comprendo que, en las vacaciones (y más en éstas que son más largas que las otras dos) mi pequeña podría estar todo el dí­a conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre que sea juntos… Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida (que olía a gloria) y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de arriba a abajo de la escalera, pero me aguantó. Cuando fueron a cerrar la puerta, echó de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella; pero él me llamó muy enfadado –¡Drake, venga!–, y no tuve més remedio que seguirlo. Mientras bajaba, caí­ en la cuenta de que, en el lugar al que fuéramos, habrí­a otra manta. Ellos siempre tienen razón.

Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo… Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella, porque no decí­a nada; sólo miraba las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal… Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguí­an muy nerviosos. Yo sufrí­ sus patadas con tranquilidad, porque sabí­a que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí­ en cambio las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo, como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba.

Fue cuando ya habí­amos perdido de vista la ciudad. Él se echo a un lado y paró el coche. Los de delante daban voces los dos; no sé si porque discutín o por qué. La madre de él no decía nada; ya antes había empezado a decir algo, y él la cortó con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada… El, bajó del coche y cerró de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no entendí. Quizá querí­a que hiciese pis, pero yo lo habí­a hecho en un árbol mientras cargaban y disponí­an los bultos. Me resistí­ un poco, y él, con mucha irritación y voces, tiró de mí­. Me hizo daño en el cuello. Me bajó del coche. Empujó con cierta violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla; me apoyé en el cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos; le temblaban los labios… Arrancó el coche, y yo caí­ de bruces. Corrí­ tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro; pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca… Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria casi me arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro que volverán a por mi… Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje, y un coche negro no pudo evitar atropellarme… No ha sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta… Aquí estoy. No me puedo mover. Primero, porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron; segundo, porque no consigo mover esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquel no fue tan poca cosa como creí… Me duele la pata hasta cuando me lamo. Me duele todo… Pronto vendrá¡ mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña nunca serán capaces de engañarme. Aquí­ estaré… Si tuviese siquiera un poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño… No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen… Me siento más solo que nadie en este mundo… Aquí estaré hasta que me recojan. Ojalá¡ vengan pronto.
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Antonio Gala

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