Lunes, 23 Junio 2008Posted by kuroneko

Saltando Norberto

Un puñado de gotas de agua y restos de polución, se estrellan contra mi ventana, tras ellas, un paisaje gris aterriza sobre la ciudad ocultando viejas casas y edificios. Y no es poesía.

Sobre la piscina y bajo un cielo encapotado, descansan los vestigios del verano: un puñado de hojas muertas flotando sobre agua y cloro. Mis ojos se clavan en una farola de color verde que alcanza los tres pisos de altura y que es perseguida por la rumbre y la indiferencia de los viandantes. La última vez que presté tanta atención a la imagen que me devolvía esta ventana fue en verano, escribiendo otro artículo.

En ocasiones imagino a los vecinos de los edificios de enfrente, saltando en masa por sus ventanas al caer la tarde, con sus pijamas, ropa deportiva, amas de casa con mascota en mano y vecinas que por no ser menos y vivir en el quinto, suben hasta la planta doce y se arrojan con las bragas nuevas, recién cambiadas.

Y entonces pienso en las cosas que pudieron influir en sus vidas para saltar tan alegremente, en la presión, las pestes, la soledad y el ahogo, los sueños nunca cumplidos, la pesadilla hecha realidad. Y no puedo evitar rebobinar esa imagen hacia atrás, viéndoles entrar de espaldas por sus ventanas, y así hasta momentos antes de tener un hijo, dar el sí en la Iglesia o el Registro Civil. Y les veo jóvenes, ignorantes de un certero salto hacia el futuro que lejos de llevarles a la gloria, les estrellaría contra el suelo. Carne de la crónica negra, portada de la sección policial, protagonistas de una esquela inesperada.

Saltan por la ventana Sancho, señal que cabalgamos… con esta frase, la desolación humana podría definir su andadura por los recovecos de la mente, ya de por sí, un laberinto lleno de trampas.

Y si mis vecinos saltan por la ventana, ¿porqué no iba a hacerlo yo? ¿porqué no ibas a hacerlo tu? La imagen surrealista de cientos de batas en la acera y zapatillas desperdigadas por el jardín, podría obedecer al imaginario más negro, pero no lo es, y cada tanto lo hace un chico de 20 años, un hombre de 70, una mujer de 40. No hay edad para escapar del horror ni para presenciarlo.

No creo en las grandes tragedias como el motor que puede – llegado el momento - empujarnos por una ventana, saltar por un puente o atiborrarnos a pastillas, sino más bien en un pequeño rastro de esperanzas frustradas, deseos e inseguridades, miedos y fríos intensos que a lo largo del tiempo se van acumulando como lo hace el colesterol en nuestras arterias, hasta que un día la presión es insoportable, y el corazón estalla. El mundo se mueve y nuestras vidas van cambiando, incluso el inmovilismo genera situaciones de cambio, aunque en este caso nunca lleven a buen puerto.

Imagina que diste el salto, que ya es tarde para arrepentirse y que estás con el cuello roto y el cuerpo destrozado en un charco de mierdas ajenas y cobardías propias… y ahora pregúntate, si te queda valor, quién coño te ha empujado por la ventana, ¿ha sido el vecino, tu novio, tu amante, el VIH, unas sábanas heladas, una hipoteca insoportable, un trabajo de mierda, una familia gélida, unos amigos superficiales, un salario que no llega, un estatus que se resiste?

Ni el dinero, ni esa prominente barriga que no deja de perseguirte, el vecino hijoputa o el novio cabrón. Fueron tus piececitos. No ha sido, no es, no serás impulsado al vacío por las facturas impagadas, una vida mediocre o el viento en contra.

La mano que abre la ventana, el pie que se posa en el marco de la misma y la mirada que busca el blanco, son gestos, todos tuyos y bien consensuados con cada articulación, en cada movimiento. Y ahora imagina que sigues en ese charco de mierdas ajenas y cobardías propias, con el cuello roto y el cuerpo destrozado.

Oscuro. Todo se vuelve oscuro y te ves a ti mismo una vez más frente a la ventana segundos antes de dar el salto, íntegro. Es un momento importante y lo sabes, te asomas a la ventana y no lo dudas un instante: “¿Saltar, yo? Y una mierda!”, esa debería ser la respuesta a nuestros grandes males, a las comidas de cabeza, a las voces que empujan hacia el vacío.

Nos tomamos demasiado en serio nuestro papel en la vida, esa cosa de ser felices y sentirse realizado, reconocido, absolutamente querido y completamente equilibrado. Aceptémoslo, no va a ser perfecto, habrá momentos poco divertidos, pero al margen de los baches, las tormentas del camino y otros avatares, el que conduce siempre, eres tu. No llegas tarde a ningún sitio ¿a qué viene tanta prisa?

Con fortuna, es posible que te encuentres a millones de años luz de poner un pie en el marco de cualquier ventana, pero en cualquier caso, tu eliges el momento para saltar, los motivos para hacerlo o para no hacerlo.

Se salta por la ventana también cuando te entregas, cuando dejas arrastrarte por los errores, cuando te abandonas, te compadeces, te vuelves asustadizo y sin capacidad de reacción. En tal caso tómate tu tiempo, respira hondo… y recuerda, lo único que debe salir disparado como una flecha por la ventana, son tus mierdas.

Norberto Rodríguez Colman

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