Domingo, 31 Agosto 2008Posted by kuroneko

Había una vez, en un pueblo, dos hombres que se
llamaban Joaquín González: Uno era sacerdote y el otro era
taxista.

Quiere el destino que los dos mueran el mismo
dí­a. Entonces, llegan al cielo, donde les espera San Pedro.

-¿Tu nombre?, pregunta San Pedro al primero.
- Joaquín González.
- ¿El sacerdote?
- No, no; el taxista. San Pedro consulta su planilla y dice:
- Bueno, te has ganado el Paraíso. Te corresponden estas ténicas de seda con hilos de oro y esta vara de oro con incrustaciones de rubí­es. Puedes pasar.
- Gracias, gracias… - dice el taxista.



Pasan dos personas más, y luego le toca el turno al otro Joaquín, quien habí­a presenciado la entrada de su paisano.

- ¿Tu nombre?
- Joaquín González.
- ¿El sacerdote?
- Sí­.
- Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliester y esta vara de plástico.
- El sacerdote dice: - Perdón, no es por presumir, pero… debe
haber un error. ¡Yo soy Joaquí­n González, el sacerdote!
- Sí­, hijo mí­o, te has ganado el Paraí­so, te corresponde la bata
de…
- ¡No, no puede ser! Yo conozco al otro señor, era un taxista, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como taxista! Se subí­a a las aceras, chocaba todos los dí­as, una vez se estrelló³ contra una casa, conducía muy mal, tiraba los postes de alumbrado, se llevaba todo por delante. Y yo me pasé cincuenta años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de oro y a mí esto? ¡Debe haber un error!
- No, no es ningún error, dice San Pedro. Lo que pasa es que aquí­ en el cielo ha llegado la globalizacion con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes.
- ¿Cómo? No entiendo…
- Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás enseguida: durante los últimos cincuenta años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el taxista conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios.
Entonces, ¿quién vendí­a más nuestros servicios?
Nos interesan los resultados, hijo mí­o.
- ¡Re - sul - ta - dos!

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